Se encontraron sus miradas de amantes prohibidos bajo la oscuridad diáfana que concedía la luna, cobijados al arrullo del bosque mortecino en un otoño hirviente en llamaradas de color. Dos cuerpos en silencios rotos, sudorosos, envueltos, encadenados en aroma de Madreselva que les evoca, les recuerda, les susurra y protege. Murmullos, quebrantados por el eco de los acordes y las voces de una lira, que les acaricia, mientras se abrazan en resuellos de puro deseo.
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